4 jun. 2013

“Sí, eso existe”. Los sefardíes en el corazón de Europa, por Pilar Romeu

Tras la reciente aparición del último título de la colección  M. Studemund-Halévy, C. Liebl, I. Vučina (eds.). Sefarad an der Donau. Lengua y literatura de los sefardíes en tierras de los Habsburgo (Barcelona: Tirocinio, 2013), he debido responder frecuentemente a la pregunta de rigor: “¡Anda! ¿Pero eso existe? ¿Había sefardíes en el corazón de Europa?”.
Negar o dudar de la existencia de aquello que se desconoce (y que tampoco se ha tratado de averiguar) resulta banal, pero alarmante. No menos alarmante que la infinidad de tópicos que siguen poblando las mentes de muchos ciudadanos españoles (desinformados en la época de la información) respecto a los judíos y, especialmente, a los judíos de origen hispano. Pero no sólo. La desinformación afecta también a muchos sefardíes, que desconocen la existencia de la peculiar rama vienesa y centroeuropea del judaísmo sefardí que la barbarie nazi se llevó por delante.
El origen de esa comunidad podría esbozarse como sigue. A partir del siglo XVIII fueron llegando a la capital del Imperio austro-húngaro, hombres de negocios turcos de origen portugués y español a los que el tratado de Karlowitz (1669) entre Austria y el Imperio otomano había garantizado ciertos derechos de estancia y residencia. De inmediato surgió la necesidad de organizarse para rezar. Moshe Lopes Pereira (alias Diego de Aguilar) prestó su propia casa a tal efecto; por ello es considerado el fundador de la comunidad sefardí vienesa. Después llegaron los Camondo, Nissan, Echkenazy, Arouetti, Mayo... Aunque podían optar por la nacionalidad austríaca, muchos de ellos siguieron siendo turcos. El primer gran templo llegó en 1881 de la mano de Marcus R. Russo, inaugurando la época más gloriosa del sefardísmo vienés, que no se limitó a existir sino que dejó trazas indelebles.
En palabras de Studemund-Halévy (pág. 437): “Viena como lugar de preferencia para la impresión de ediciones sefardíes, se remonta a la tendencia josefínica de promocionar la imprenta de producción local propia, tanto como a la prohibición de importación de obras de imprenta hebraicas a las tierras de los Habsburgo promulgada en el año 1802. Dicho decreto de prohibición de ‘libros judíos y hebraicos para religión y enseñanza impresos en el extranjero’, encumbraría a Viena a una posición de monopolio. Las imprentas vienesas, particularmente la de Anton (von) Schmid, a quien pronto le seguirían otros, abastecerían en corto tiempo esas tierras y sus aledañas en el extranjero, particularmente en el Este, con libros hebreos y judíos” y, por supuesto, también en judeoespañol.
Cerca de 250 impresos se han conservado hasta nuestros días, clasificados en diez grupos: (1) biblias; (2) libros de oraciones [arba ta’aniyot, mahzorim, sidurim, selihot]); (3) hagadot; (4) musar; (5) libros históricos; (6) gramáticas y manuales; (7) antologías literarias e históricas; (8) novelas; (9) teatro y (10) poesías (komplas). El análisis de este repertorio puede arrojar mucha luz sobre las preferencias de lectura entonces vigentes en las tierras de los Habsburgo.
Al mismo tiempo, funcionaban asociaciones culturales de diversa orientación que acogían en su seno jóvenes sefardíes que se habían desplazado hasta Viena para graduarse en la Universidad, preferentemente como médicos y abogados, y que una vez regresados a su lugar de origen inculcaban a sus correligionarios las nuevas ideas. Una de ellas fue La Esperanza, de tendencia sionista. Según Vučina (pág. 358): “Los esperancistas, como nueva élite intelectual de sus comunidades de origen, influyeron fuertemente en la difusión de las ideas de la Esperanza de Viena y en la creación de una nueva y compleja identidad, tanto étnica como lingüística, de los sefardíes de Sarajevo de la primera mitad del siglo XX”.
Para intentar ahondar en esta fascinante historia, en junio de 2011 se reunió en Viena un grupo de especialistas en Lengua y Literatura sefardíes para discutir el lugar y la importancia de Viena en las redes sociales e intelectuales entre los sefardíes de Oriente y de Occidente.
En este primer encuentro se trataron asuntos como: la lengua sefardí y su evolución en Viena, las actitudes de los sefardíes ante su propia lengua, las influencias del alemán y de las lenguas balcánicas sobre el judeoespañol, la lengua sefardí en la prensa judeoespañola aljamiada y en letras latinas, la occidentalización de la vida y la modernización de la lengua y cultura de los sefardíes vieneses en los siglos XIX y XX, la modernización de la lengua sefardí y la aportación de la filología románica para los estudios sefardíes, la producción literaria (novela, teatro, poesía) en lengua sefardí en Viena, o el lugar de Viena como punto de referencia para la modernización de las comunidades sefardíes en los países balcánicos.
Así se formó un equipo internacional de lingüistas y filólogos cuyas aportaciones en español, judeoespañol, inglés, francés y alemán se reúnen en este volumen, un volumen que retrata fiel y puntualmente la sociedad sefardí en el corazón de la Europa de los últimos siglos y que abre un enorme abanico de posibilidades para adentrarse en su estudio. Su distribución en cinco secciones refleja su carácter multi e interdisciplinar: I. La evolución histórica de la prensa sefardí en tierras de los Habsburgo (A. Ayala, S. von Schmädel, D. M. Bunis, M. Cimeli, P. Días-Mas, C. Martínez Gálvez, M. Studemund-Halévy); II. Los sefardíes en la literatura (A. García Moreno, m. C. Varol, M. Studemund-Halévy, G. Collin); III. Los sefardíes balcánicos en el umbral del Occidente (E. Papo, P. Romeu, K. Vidaković, I. Vučina, T. Alexander); IV. La documentación y la digitalización del corpus judeoespañol (C. Liebl, P. Mavrogiannis, M. Studemund-Halévy, S. Fischer, S. Rouissi, A. Stulić-Etchevers); y V. Esbozo de los impresos sefardíes de Viena (M. Studemund-Halévy).
A mi modo de ver, este libro constituye el inicio de un camino –corto o largo, quién sabe, pero que habrá que recorrer–, que deberá llevarnos a la larga a un mejor conocimiento de este mundo sefardí centroeuropeo que a orillas del Danubio hablaba judeoespañol enorgullecido de sus orígenes.
Como guinda añadiré que gracias a este libro, por lo menos una persona sefardí ha podido explicar su origen y eso mismo me manifestó por correo electrónico hace unos días: “Ahora entiendo cómo por parte de mi abuelo materno, viviendo en Alejandría provenían de Austria”.
Ojalá sean legión quienes se atrevan a aportar su granito de arena. Los estudios sefardíes adquirirán una nueva dimensión. Si no keres, no alkansas; si no bushkas, no topas.

Pilar Romeu Ferré es directora de la colección editorial “Fuente clara. Estudios de cultura sefardí” (Tirocinio, Barcelona).


 

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